Lunes 7 de Marzo de 2011 | Se cumplen 105 años del nacimiento del destacado sanitarista santiagueño.
Desde el Ministerio de Salud y Desarrollo Social, se destaca la figura del Dr. Ramón Carrillo al cumplirse 105 años de su nacimiento y se ratifica el compromiso con su legado: una doctrina sanitaria profundamente humanista y enfocada hacia lo social. Un médico tan reconocido y valorado en toda su carrera, por el compromiso y la lealtad con su trabajo. Hoy es ejemplo de muchos profesionales, que buscan a lo largo de su profesión parecerse un poco a esa vida dedicada a la medicina de una manera tan noble.
En un nuevo aniversario del nacimiento del Dr. Carrillo, el Ministro de Salud, Dr. Luis Martínez, afirmó que “sus ideas y su gestión como primer ministro de Salud de la Argentina marcó un antes y un después en la salud pública y, a pesar de que fue perseguido, enjuiciado y hasta olvidado durante muchos años, su legado perdura y hoy se reconoce el inmenso valor de su doctrina: la salud como un derecho de todos, como pilar para la construcción de un país más sano, más desarrollado y más justo”.
Martínez recordó que el profesional basó la estrategia sobre tres pilares: la medicina preventiva, la medicina social y la atención materno-infantil, además de dividir la Argentina en regiones sanitarias, lo que ayudó a desarrollar una estrategia específica para cada zona de acuerdo con sus problemáticas particulares. Diseñó también un sistema de mejoramiento de la infraestructura hospitalaria y sanitaria y con ese concepto se hicieron 234 hospitales y policlínicos gratuitos en el país para atender a todos, sin discriminación. “Su política hizo que la salud llegara a todos los rincones del país con campañas de vacunación, atención médica y que los beneficios de los logros científicos fueran gozados, por primera vez, por ciudadanos del país que nunca habían recibido ninguna clase de atención médica”, resaltó el ministro.
Trayectoria profesional y pública del eminente médico
Cabe recordar que durante la gestión del Dr. Carrillo como ministro de Salud Pública, entre 1946 y 1954, duplicó el número de camas hospitalarias existentes en el país, pasando de 66.300 a 132.000. También se consiguió terminar con epidemias como el tifus y la brucelosis, en tanto que la mortalidad infantil se redujo, como nunca antes en la historia, de 90 a 56 por mil.
Ramón Carrillo nació el 7 de marzo de 1906, en Santiago del Estero, recibió su título de médico en Buenos Aires, luego estudió en Europa y falleció el 20 de diciembre de 1956, pobre, enfermo y exiliado en Belem do Pará, al norte de Brasil.
En 1937 recibió el Premio Nacional de Ciencias. Y en 1939, se hizo cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central.
En 1946, Perón le propuso quedar al frente de la Secretaría de Salud Pública. Ese organismo se convertiría tres años después en el primer Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación. Una de las frases que por esa época marcaron el camino trazado por Carrillo fue al pueblo”.“Sólo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles
Tras el derrocamiento de Perón, la dictadura de Aramburu lo acusó de enriquecimiento ilícito y, a pesar de tratarse de una infamia que el médico comprobó acabadamente, sufrió confiscaciones y una persecución que lo obligó a abandonar el país para exiliarse en Belén do Pará, Brasil, donde se dedicó trabajar como médico rural hasta su muerte, provocada por un accidente cerebrovascular, a los 50 años de edad.
En julio del año pasado, y con la presencia de la Presidenta de la Nación, se inauguró en nuestra ciudad capital un busto en homenaje al doctor Ramón Carrillo, colocado en la plazoleta de calle Sarmiento y avenida Belgrano. Mientras se realizaba la ceremonia, la Presidenta aseguró que el Dr. Ramón Carrillo “hizo un trabajo ejemplar y fue un sanitarista de ley”.
Una frase muy difundida de este gran profesional santiagueño que marca su ideario es “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”.
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lunes, 7 de marzo de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
lunes, 10 de enero de 2011
MAIMONIDES
Moshé ben Maimón o Musa ibn Maymun, también llamado desde el Renacimiento Maimónides ("hijo de Maimon") o RaMBaM, conocido entre los cristianos como Rabí Moisés el Egipcio (1135, Córdoba - 1204, Fustat, Egipto),fue el médico, rabino y teólogo judío más célebre de la Edad Media. Tuvo una enorme importancia como filósofo en el pensamiento medieval.
Nació en Córdoba, al-Ándalus, el 30 de marzo de 1135,[1] en una familia de jueces rabínicos, estudiosos y dirigentes comunitarios, documentada desde el siglo X y que pretendía descender del Rabí Yehudá ha-Nasí, de la (segunda mitad del siglo II), redactor de la Mishná. Su familia materna, por el contrario, era de humilde condición; su madre era la hija de un carnicero que murió al darle a luz, y su padre se volvió a casar. Era éste un erudito formado en Lucena por Rabí Yosef ha-Leví ibn Migash. Inició ya de pequeño sus estudios bíblicos y talmúdicos en la ciudad de Córdoba, pero en 1148 una ola de fanatismo almohade hizo que su familia tuviera que aparentar su conversión al Islam y cambiar a menudo de residencia por la España musulmana. Vivió en la ciudad de Almería, donde dio cobijo en su casa a su maestro Averroes, hasta trasladarse en 1160 con sus hijos a Fez. Allí residió durante sólo cinco años, debido a la intolerancia almohade que les obligó a exiliarse, primero durante unos meses, en Palestina y finalmente en Egipto. Maimónides residió allí el resto de su vida junto a su familia, en la ciudad de Alejandría y después en Fustat (hoy El Cairo, Egipto), donde se ganó la vida ejerciendo la medicina en la corte del visir Saladino, y luego en la del visir al-Fadl, hijo mayor de Saladino. Con este oficio obtuvo una gran fama y admiración popular. En 1177 fue nombrado dirigente de la comunidad judía de Egipto. Murió en Al-Fustat el 13 de diciembre de 1204. Posteriormente su tumba fue trasladada a Tiberíades, en el actual Israel.
Aunque ésta fuera muy discutida por el judaísmo, entre otras razones por su fuerte oposición al misticismo de los cabalistas y su influencia aristotélica, se le considera la mayor figura posbíblica (según el proverbio "De Moisés a Moisés no hubo otro Moisés"). En ciertos ámbitos más conservadores se le llegó a considerar hereje de su religión, en especial, por ser el responsable de convencer a los caraístas de apartarse de sus prácticas originales, y acercándolos al judaísmo rabínico.
Fue muy conocido por sus coetáneos como médico, dejando una importante huella en la tradición popular que muestra a Maimónides, sobre todo, como un médico a quien se atribuyen milagros que le elevan al nivel de santo, un sabio juez y un rabino.
OBRA
En su juventud escribió poesías religiosas y una epístola en árabe.
Sobre sus conocimientos en medicina escribió un buen número de tratados, como el que dedicó al sultán Saladino, el Tratado sobre los venenos y sus antídotos el año 1199, al hijo del sultán, Al-Fadl, Guía de la buena salud (1198) y la Explicación de las alteraciones (1200).
Sus obras mayores de tema rabínico (talmúdico) son dos: un comentario en árabe de la Mishná, El Luminar (1168), también titulado Libro de la elucidación, y la Segunda ley o Repetición de la ley del año 1180, que constituye su obra magna y consiste en una amplia y minuciosa recopilación por materias de todas las leyes y normas religiosas y jurídicas de la vida judía (es decir, del Talmud).
Estas obras tuvieron mucha fama y le otorgaron numerosos discípulos. También es autor de obras filosóficas de gran peso en el pensamiento medieval, escritas durante los últimos años de su vida, como el Tratado sobre la resurrección de los muertos (1191).
La guía de perplejos (1190), mal apodada Guía de los descarriados, es la clave de su pensamiento filosófico y ejerció una fuerte influencia en círculos tanto judíos como cristianos y sobre todo escolásticos.
En ella establece una conciliación entre la fe y la razón dirigida a quienes vacilan entre las enseñanzas de la religión judía y las doctrinas de la filosofía aristotélica que entonces imperaban, demostrando que no hay contradicción en los puntos en que fe y razón parecen oponerse. Es decir, una conciliación entre el sentido literal de las escrituras y las verdades racionales, acudiendo a la interpretación alegórica en casos de conflicto.
Fue así que surgieron polémicas por parte de "antimaimonistas" —básicamente, por parte de un grupo de musulmanes que pretendían una lectura literal del Corán, los mutallajim— que lo tacharon de racionalista. A pesar de ello fue una obra muy comentada y de gran influencia en el mundo musulmán y la escolástica cristiana, por ejemplo en Santo Tomás de Aquino.
Como judío en territorio islámico tuvo una vasta formación en ambas culturas: la tradicional judía y la árabe profana (con sus incorporaciones de la griega), a partir de las enseñanzas de su erudito padre Maimum, por lo que escribió obras tanto en hebreo como en árabe, en una prosa que se caracteriza sobre todo por la sistematización y la claridad expositiva.
De Maimónides surge el movimiento intelectual judaico de los siglos XIII y XIV que se extendió por España y el sur de Francia. Partidario del realismo teológico ha llegado a ser considerado precursor de las ideas de Spinoza, pero filosóficamente no se le considera muy original por seguir básicamente a Aristóteles, apartándose de él en puntos que parecen contradictorios a las creencias y tradiciones judías. Por lo tanto, su carácter es conciliador.
EL CODIGO DE MAIMONIDES O MISHNE TORA
En el texto de Mishne Tora se agregaron con el correr de los años numerosos errores como será, en el texto de cada precepto, en sus divisiones o en comentarios. Las razones de los errores son de transcripción, que quedaron fijos en el texto. Ediciones en las cuales algunos de los transcriptores “corrigieron” el texto según su entendimiento y la censura de la Iglesia en ciertas naciones europeas (Hashkenaz) que alteró todas las referencias a ella y a sus puntos de vista (por ejemplo en las relaciones matrimoniales) del texto original. Si agregamos a esto el hecho de que el propio Maimónides corrigió el texto en varias oportunidades, nos encontraremos con que el texto actual no representa el original escrito por Maimónides.
Con el propósito de dilucidar el texto correcto y exacto, es necesario basarse en manuscritos y ediciones exactas, que no fueron influenciadas por los transcriptores ni por la censura. En numerosas oportunidades las versiones incorrectas fueron la causa de interrogantes sobre las palabras de Maimónides en su obra El Código de Maimónides, y en cuanto se dilucidó el error en el texto las interrogantes pasaron a ser irrelevantes.
Desde mediados del siglo XX se han impreso cuatro ediciones científicas de la obra:
La edición de Sabetai Frenkel. Edición en la cual hay comentaristas clásicos junto con otros, y asimismo un conjunto complejo de índices. Hasta ahora se han impreso todos los libros (la obra está dividida en 14 partes según temas. Cada una es llamada “libro”) excepto el libro del Amor (Ahava).
La edición del Rabino Iosef Kapaj. Edición basada fundamentalmente en manuscritos yemenitas a la que le fue agregada un resumen de los esclarecimientos de los comentaristas de Maimónides en el transcurso de las generaciones.
La edición “Mano Simple” (Yad Pshuta) del Rabino Nahum Eliezer Rabinovich. Edición basada en varios manuscritos (que cambian de tomo en tomo según su exactitud) con un agregado de comentarios originales. Hasta hoy se ha impreso aproximadamente la mitad de la obra.
La edición “El Código de Maimónides Exacto” del Rabino Itzjak Shilat. Edición sin comentarios en la cual se encuentran las versiones más conocidas contrapuestas y revisadas. Hasta el momento se editaron cuatro tomos. El plan original es editar dos tomos por año.
La edición que presenta las versiones basadas en manuscritos sin ningún comentario, con numerosos índices y en un único tomo (1000 páginas), fue editada por “Yeshivat Or VeYeshua” Mishne Tora en un solo tomo con 8 índices. La edición presenta la versión exacta y revisada del texto basada en la edición del Rabino Iosef Kapaj e incluye las diferencias de versiones más importantes respecto de las ediciones más renombradas.
En el marco del “Proyecto Mishne Tora (El Código de Maimónides)” de la Yeshivat Or VeYeshua, está planeada la edición de una versión de bolsillo, comentada según distintas obras de Maimónides. Hasta el momento fue editado el Libro del Conocimiento.
GUIA DE PERPLEJOS
En Guía de perplejos se encuentra todo su pensamiento filosófico. Las ideas que muy probablemente influyeron a Alfonso de la Torre en la Visión deleitable son:
Maimónides distingue tres grupos de seres creados:
los minerales, las plantas y los seres vivos (incluyendo al hombre), compuestos de materia y forma perecederas.
Las esferas y las estrellas, en las cuales la forma es permanente.
Los seres dotados de forma, pero sin materia, como son los ángeles.
Admite la creación como un acto conforme a la esencia divina, el cual abarca todos los seres, no tiene otro fin que a sí mismo y por lo tanto su duración es ilimitada.
Prueba la existencia de Dios a partir de argumentos aristotélicos, y afirma su unidad e incorporeidad.
El alma es una en esencia, pero tiene cinco facultades: la fuerza vital, los sentidos, la imaginación, el apetito (pasiones y voluntad) y la razón (libertad y entendimiento).
El entendimiento es la facultad que caracteriza al hombre, pero las demás le son comunes con la mayor parte de los animales. Éste puede ser pasivo (entendimiento material que sufre la acción de la vida orgánica, es inseparable del cuerpo e individual) o activo (adquirido o comunicado, separado del cuerpo).
Habla del estado profético, constituido por una iluminación superior a lo que cada uno puede aspirar que produce el máximum de ciencia y dicha, entendiendo la profecía como una emanación de Dios que se extiende por medio del intelecto a la facultad racional y después sobre la facultad imaginativa.
El hombre es libre y la libertad es una función de la inteligencia, y este intelecto, como forma del alma humana, es inmortal porque no necesita del alma para sus operaciones, sino que entiende separado absolutamente del cuerpo.
La resurrección de los cuerpos se debe a la fe pero la razón no la puede demostrar aunque tampoco negar y la admite como un milagro compatible con la creación.
El entendimiento constituye el verdadero fondo de nuestro ser, la parte inmortal del hombre y por eso el hombre debe encaminar todos sus actos a obtener la perfección suprema de esta facultad mediante el conocimiento de Dios; conocer y amar a Dios es el fin último de la vida.
El hombre es libre y esta libertad, actuando como tal, puede por sus solas fuerzas realizar el bien desinteresadamente.
Nació en Córdoba, al-Ándalus, el 30 de marzo de 1135,[1] en una familia de jueces rabínicos, estudiosos y dirigentes comunitarios, documentada desde el siglo X y que pretendía descender del Rabí Yehudá ha-Nasí, de la (segunda mitad del siglo II), redactor de la Mishná. Su familia materna, por el contrario, era de humilde condición; su madre era la hija de un carnicero que murió al darle a luz, y su padre se volvió a casar. Era éste un erudito formado en Lucena por Rabí Yosef ha-Leví ibn Migash. Inició ya de pequeño sus estudios bíblicos y talmúdicos en la ciudad de Córdoba, pero en 1148 una ola de fanatismo almohade hizo que su familia tuviera que aparentar su conversión al Islam y cambiar a menudo de residencia por la España musulmana. Vivió en la ciudad de Almería, donde dio cobijo en su casa a su maestro Averroes, hasta trasladarse en 1160 con sus hijos a Fez. Allí residió durante sólo cinco años, debido a la intolerancia almohade que les obligó a exiliarse, primero durante unos meses, en Palestina y finalmente en Egipto. Maimónides residió allí el resto de su vida junto a su familia, en la ciudad de Alejandría y después en Fustat (hoy El Cairo, Egipto), donde se ganó la vida ejerciendo la medicina en la corte del visir Saladino, y luego en la del visir al-Fadl, hijo mayor de Saladino. Con este oficio obtuvo una gran fama y admiración popular. En 1177 fue nombrado dirigente de la comunidad judía de Egipto. Murió en Al-Fustat el 13 de diciembre de 1204. Posteriormente su tumba fue trasladada a Tiberíades, en el actual Israel.
Aunque ésta fuera muy discutida por el judaísmo, entre otras razones por su fuerte oposición al misticismo de los cabalistas y su influencia aristotélica, se le considera la mayor figura posbíblica (según el proverbio "De Moisés a Moisés no hubo otro Moisés"). En ciertos ámbitos más conservadores se le llegó a considerar hereje de su religión, en especial, por ser el responsable de convencer a los caraístas de apartarse de sus prácticas originales, y acercándolos al judaísmo rabínico.
Fue muy conocido por sus coetáneos como médico, dejando una importante huella en la tradición popular que muestra a Maimónides, sobre todo, como un médico a quien se atribuyen milagros que le elevan al nivel de santo, un sabio juez y un rabino.
OBRA
En su juventud escribió poesías religiosas y una epístola en árabe.
Sobre sus conocimientos en medicina escribió un buen número de tratados, como el que dedicó al sultán Saladino, el Tratado sobre los venenos y sus antídotos el año 1199, al hijo del sultán, Al-Fadl, Guía de la buena salud (1198) y la Explicación de las alteraciones (1200).
Sus obras mayores de tema rabínico (talmúdico) son dos: un comentario en árabe de la Mishná, El Luminar (1168), también titulado Libro de la elucidación, y la Segunda ley o Repetición de la ley del año 1180, que constituye su obra magna y consiste en una amplia y minuciosa recopilación por materias de todas las leyes y normas religiosas y jurídicas de la vida judía (es decir, del Talmud).
Estas obras tuvieron mucha fama y le otorgaron numerosos discípulos. También es autor de obras filosóficas de gran peso en el pensamiento medieval, escritas durante los últimos años de su vida, como el Tratado sobre la resurrección de los muertos (1191).
La guía de perplejos (1190), mal apodada Guía de los descarriados, es la clave de su pensamiento filosófico y ejerció una fuerte influencia en círculos tanto judíos como cristianos y sobre todo escolásticos.
En ella establece una conciliación entre la fe y la razón dirigida a quienes vacilan entre las enseñanzas de la religión judía y las doctrinas de la filosofía aristotélica que entonces imperaban, demostrando que no hay contradicción en los puntos en que fe y razón parecen oponerse. Es decir, una conciliación entre el sentido literal de las escrituras y las verdades racionales, acudiendo a la interpretación alegórica en casos de conflicto.
Fue así que surgieron polémicas por parte de "antimaimonistas" —básicamente, por parte de un grupo de musulmanes que pretendían una lectura literal del Corán, los mutallajim— que lo tacharon de racionalista. A pesar de ello fue una obra muy comentada y de gran influencia en el mundo musulmán y la escolástica cristiana, por ejemplo en Santo Tomás de Aquino.
Como judío en territorio islámico tuvo una vasta formación en ambas culturas: la tradicional judía y la árabe profana (con sus incorporaciones de la griega), a partir de las enseñanzas de su erudito padre Maimum, por lo que escribió obras tanto en hebreo como en árabe, en una prosa que se caracteriza sobre todo por la sistematización y la claridad expositiva.
De Maimónides surge el movimiento intelectual judaico de los siglos XIII y XIV que se extendió por España y el sur de Francia. Partidario del realismo teológico ha llegado a ser considerado precursor de las ideas de Spinoza, pero filosóficamente no se le considera muy original por seguir básicamente a Aristóteles, apartándose de él en puntos que parecen contradictorios a las creencias y tradiciones judías. Por lo tanto, su carácter es conciliador.
EL CODIGO DE MAIMONIDES O MISHNE TORA
En el texto de Mishne Tora se agregaron con el correr de los años numerosos errores como será, en el texto de cada precepto, en sus divisiones o en comentarios. Las razones de los errores son de transcripción, que quedaron fijos en el texto. Ediciones en las cuales algunos de los transcriptores “corrigieron” el texto según su entendimiento y la censura de la Iglesia en ciertas naciones europeas (Hashkenaz) que alteró todas las referencias a ella y a sus puntos de vista (por ejemplo en las relaciones matrimoniales) del texto original. Si agregamos a esto el hecho de que el propio Maimónides corrigió el texto en varias oportunidades, nos encontraremos con que el texto actual no representa el original escrito por Maimónides.
Con el propósito de dilucidar el texto correcto y exacto, es necesario basarse en manuscritos y ediciones exactas, que no fueron influenciadas por los transcriptores ni por la censura. En numerosas oportunidades las versiones incorrectas fueron la causa de interrogantes sobre las palabras de Maimónides en su obra El Código de Maimónides, y en cuanto se dilucidó el error en el texto las interrogantes pasaron a ser irrelevantes.
Desde mediados del siglo XX se han impreso cuatro ediciones científicas de la obra:
La edición de Sabetai Frenkel. Edición en la cual hay comentaristas clásicos junto con otros, y asimismo un conjunto complejo de índices. Hasta ahora se han impreso todos los libros (la obra está dividida en 14 partes según temas. Cada una es llamada “libro”) excepto el libro del Amor (Ahava).
La edición del Rabino Iosef Kapaj. Edición basada fundamentalmente en manuscritos yemenitas a la que le fue agregada un resumen de los esclarecimientos de los comentaristas de Maimónides en el transcurso de las generaciones.
La edición “Mano Simple” (Yad Pshuta) del Rabino Nahum Eliezer Rabinovich. Edición basada en varios manuscritos (que cambian de tomo en tomo según su exactitud) con un agregado de comentarios originales. Hasta hoy se ha impreso aproximadamente la mitad de la obra.
La edición “El Código de Maimónides Exacto” del Rabino Itzjak Shilat. Edición sin comentarios en la cual se encuentran las versiones más conocidas contrapuestas y revisadas. Hasta el momento se editaron cuatro tomos. El plan original es editar dos tomos por año.
La edición que presenta las versiones basadas en manuscritos sin ningún comentario, con numerosos índices y en un único tomo (1000 páginas), fue editada por “Yeshivat Or VeYeshua” Mishne Tora en un solo tomo con 8 índices. La edición presenta la versión exacta y revisada del texto basada en la edición del Rabino Iosef Kapaj e incluye las diferencias de versiones más importantes respecto de las ediciones más renombradas.
En el marco del “Proyecto Mishne Tora (El Código de Maimónides)” de la Yeshivat Or VeYeshua, está planeada la edición de una versión de bolsillo, comentada según distintas obras de Maimónides. Hasta el momento fue editado el Libro del Conocimiento.
GUIA DE PERPLEJOS
En Guía de perplejos se encuentra todo su pensamiento filosófico. Las ideas que muy probablemente influyeron a Alfonso de la Torre en la Visión deleitable son:
Maimónides distingue tres grupos de seres creados:
los minerales, las plantas y los seres vivos (incluyendo al hombre), compuestos de materia y forma perecederas.
Las esferas y las estrellas, en las cuales la forma es permanente.
Los seres dotados de forma, pero sin materia, como son los ángeles.
Admite la creación como un acto conforme a la esencia divina, el cual abarca todos los seres, no tiene otro fin que a sí mismo y por lo tanto su duración es ilimitada.
Prueba la existencia de Dios a partir de argumentos aristotélicos, y afirma su unidad e incorporeidad.
El alma es una en esencia, pero tiene cinco facultades: la fuerza vital, los sentidos, la imaginación, el apetito (pasiones y voluntad) y la razón (libertad y entendimiento).
El entendimiento es la facultad que caracteriza al hombre, pero las demás le son comunes con la mayor parte de los animales. Éste puede ser pasivo (entendimiento material que sufre la acción de la vida orgánica, es inseparable del cuerpo e individual) o activo (adquirido o comunicado, separado del cuerpo).
Habla del estado profético, constituido por una iluminación superior a lo que cada uno puede aspirar que produce el máximum de ciencia y dicha, entendiendo la profecía como una emanación de Dios que se extiende por medio del intelecto a la facultad racional y después sobre la facultad imaginativa.
El hombre es libre y la libertad es una función de la inteligencia, y este intelecto, como forma del alma humana, es inmortal porque no necesita del alma para sus operaciones, sino que entiende separado absolutamente del cuerpo.
La resurrección de los cuerpos se debe a la fe pero la razón no la puede demostrar aunque tampoco negar y la admite como un milagro compatible con la creación.
El entendimiento constituye el verdadero fondo de nuestro ser, la parte inmortal del hombre y por eso el hombre debe encaminar todos sus actos a obtener la perfección suprema de esta facultad mediante el conocimiento de Dios; conocer y amar a Dios es el fin último de la vida.
El hombre es libre y esta libertad, actuando como tal, puede por sus solas fuerzas realizar el bien desinteresadamente.
ORACIÓN DE MAIMÓNIDES
Oh Dios, llena mi alma de amor por mi arte y por todas las criaturas.
Que no admita que la sed de ganancia y el afán de gloria me influencien en el ejercicio de mi arte, porque los enemigos de la verdad y del amor de los hombres podrían fácilmente hacerme abusar y apartarme de hacer bien a tus hijos.
Sostén la fuerza de mi corazón para que esté siempre pronto a servir al pobre y al rico, al amigo y al enemigo, al bueno y al malo.
Haz que no vea en el hombre más que al que sufre.
Que mi espíritu se mantenga claro en el lecho del enfermo, que no se distraiga por cualquier pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia le enseñaron; porque grandes y sublimes son los progresos de la ciencia que tienen como finalidad conservar la salud y la vida de todas las criaturas.
Haz que mis pacientes tengan confianza en mí y en mi arte y que sigan mis consejos y prescripciones.
Aleja del lecho de mis pacientes a los charlatanes, al ejército de parientes que dan mil consejos y a aquéllos que saben siempre todo; porque es una injerencia peligrosa que, por vanidad, hace malograr las mejores intenciones y lleva muchas veces a la muerte.
Si los ignorantes me censuran y escarnecen, otórgarne que el amor de mi arte, como una coraza, me torne invulnerable, para que pueda perseverar en la verdad sin atender al prestigio, al renombre y a la edad de mis detractores. Otórgame, Dios mío, la indulgencia y la paciencia necesaria al lado de los pacientes apasionados o groseros.
Haz que sea moderado en todo, pero insaciable en mi amor por la ciencia. Aparta de mí la idea de que lo puedo todo.
Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión para arnpliar cada vez más mis conocimientos.
Que pueda hay descubrir en mi saber cosas que ayer no sospechaba, porque el arte es grande, pero el espíritu del hombre puede avanzar siempre más adelante.
Que no admita que la sed de ganancia y el afán de gloria me influencien en el ejercicio de mi arte, porque los enemigos de la verdad y del amor de los hombres podrían fácilmente hacerme abusar y apartarme de hacer bien a tus hijos.
Sostén la fuerza de mi corazón para que esté siempre pronto a servir al pobre y al rico, al amigo y al enemigo, al bueno y al malo.
Haz que no vea en el hombre más que al que sufre.
Que mi espíritu se mantenga claro en el lecho del enfermo, que no se distraiga por cualquier pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia le enseñaron; porque grandes y sublimes son los progresos de la ciencia que tienen como finalidad conservar la salud y la vida de todas las criaturas.
Haz que mis pacientes tengan confianza en mí y en mi arte y que sigan mis consejos y prescripciones.
Aleja del lecho de mis pacientes a los charlatanes, al ejército de parientes que dan mil consejos y a aquéllos que saben siempre todo; porque es una injerencia peligrosa que, por vanidad, hace malograr las mejores intenciones y lleva muchas veces a la muerte.
Si los ignorantes me censuran y escarnecen, otórgarne que el amor de mi arte, como una coraza, me torne invulnerable, para que pueda perseverar en la verdad sin atender al prestigio, al renombre y a la edad de mis detractores. Otórgame, Dios mío, la indulgencia y la paciencia necesaria al lado de los pacientes apasionados o groseros.
Haz que sea moderado en todo, pero insaciable en mi amor por la ciencia. Aparta de mí la idea de que lo puedo todo.
Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión para arnpliar cada vez más mis conocimientos.
Que pueda hay descubrir en mi saber cosas que ayer no sospechaba, porque el arte es grande, pero el espíritu del hombre puede avanzar siempre más adelante.
LOS CONSEJOS QUE ESCULAPIO APARTO
Quieres ser médico?, Hijo mío:
Es una hermosa profesión que debería ser practicada, no solamente por personas sabias y profesionalmente bien calificadas sino, además, honradas y decentes.
Ante todo, piensa en cómo puedes servir antes de pensar en la forma en que crees que debes ser retribuido; reflexiona primero en lo que puedes ser capaz de hacer por los demás y por tu patria, antes de calcular lo que has valorado como tus merecimientos y en lo que los demás y tu patria pueden hacer por ti.
Si eliges la medicina como profesión, no lo hagas pensando en que puede ser un oficio remunerativo y destierra de tu mente todo afán de lucro. Nunca saques ventajas de tu profesión ni admitas un solo centavo por un servicio prestado. Aunque el símbolo de la Medicina y el de Hermes Mercurio, que sirve de divisa a los comerciantes, tienen cierto parecido, el médico no debe nunca confundirse y pensar en ejercer su profesión con el espíritu de un mercader. Por el solo hecho de haber nacido, todo hombre tiene derecho al trabajo, la alimentación, la educación y a la atención médica. Cobrar por la prestación de un derecho propio e inalienable, equivale a delinquir. La Historia señala claramente la dirección en la cual se mueve la Medicina para que todos sus recursos científicos puedan ponerse al servicio de la comunidad, ya que el ejercicio privado de la misma no puede satisfacer las necesidades de la salud del pueblo en nación alguna, por muy rica y poderosa que ésta sea.
No obstante, los enfermos, o sus familiares sinceramente agradecidos y sin ánimo de especular con su obsequio u obtener privilegios a cambio, te asediarán tenazmente. Ten la sabiduría de aprender a reconocer cuándo tu reluctancia ofende y cuándo tu aquiescencia no te compromete. Aprende a identificar el momento en que tu beneplácito deja impoluta tu probidad; pero recuerda que el más largo de los caminos comienza siempre por el primer paso.
Mantén absoluta reserva con relación al diagnóstico de todos los pacientes y a cualquier revelación que puedan hacerte durante el ejercicio de tu profesión. Los enfermos y familiares descorrerán, poco a poco, los cerrojos que guardan con celo en el fondo de sus almas los más recónditos y a veces ominosos secretos, que quedarán ante ti tan visibles como un libro abierto; accederán a que traspases los límites ignotos de lo arcano y ello te permitirá desvelar lo que para el resto de los hombres será siempre un enigma.
Si eres llamado al hogar de algún enfermo para prestar tus servicios no es levantado para el espíritu husmear en los detalles de sus interioridades. Cumple tu misión con sencillez y con amor y cuando hayas terminado, da por finalizado tu trabajo y despídete con elegancia, porque el cotilleo es una cualidad que solo germina saludablemente en las almas ruines y miserables.
Aleja la lujuria de tu práctica profesional, ya que no es posible congeniar la lascivia con el espíritu científico y los instintos libidinosos son ajenos a la práctica de la medicina. Hay tiempo y lugar para cada cosa.
Debes saber que para llegar al diagnóstico correcto de una enfermedad deberás relacionarte estrechamente con tus pacientes que, por lo regular, son personas no avezadas en la ciencia médica, que suelen conceder singular importancia a los aspectos menos relevantes de su padecimiento y es mediante tu interrogatorio que deberás apartar la hojarasca superflua, para descubrir los indicios que te lleven a esclarecer las causas del mal que los aqueja. Esta es una tarea que requiere infinita paciencia.
Al igual que el interrogatorio, el examen físico es un aspecto primordial del método clínico; por ello deberás inclinarte sobre cuerpos enfermos, a veces, pustulosos y respirar muy de cerca el aliento malsano de aquellos que han sido presa de alguna dolencia; palpar su piel sudorosa por la fiebre y, en ocasiones, examinar detenidamente su orina y su excremento —su cantidad, color, consistencia, y hasta su olor—, porque eso puede proporcionar datos de valor inapreciable para establecer un buen diagnóstico.
Ten en cuenta que tu vida, si quieres ser un buen médico, tendrás que consagrarla por entero al ejercicio de tu profesión, que atenderás pacientes con graves enfermedades que requieren atención urgentemente y ello puede ocurrir a cualquier hora del día o de la noche. Por otra parte, con no poca frecuencia, en tus horas de asueto, durante las que te solazas con familiares y amigos, serás interpelado por pacientes que debido a la gran preocupación que les concita su dolencia, te interrumpirán y reclamarán tu consejo o tu atención. Adviérteles que una buena consulta médica requiere un local apropiado y privacidad y así los educarás; pero reflexiona, cuando enfrentes estas situaciones, en la confianza que están depositando en ti y en las horas que, quizás, deben invertir para llegar hasta un lugar donde un médico los atienda y en otras tantas de espera antes de obtener una consulta. Piensa que, probablemente, ellos están a su vez abrumados por múltiples ocupaciones laborales y familiares. Sé benévolo por muy inapropiada y fuera de contexto que sea la solicitud de que has sido objeto y cuando se te agote la paciencia... ¡busca más paciencia! En todo caso, una respuesta brusca o descompuesta, o simplemente un rechazo, te acarrearía aún más dificultades y conflictos que una conducta indulgente. Por añadidura, podrían injustamente valorarte por ese mal momento, en vez de por el resto de las horas que consagras con devoción a la atención de tus enfermos. No olvides, que las heridas que inflinge la palabra suelen tener una cicatrización lenta y difícil.
No es de extrañar, que debas atender a enfermos de diferente rango y posición social, gentes de muy disímil profesión. Unos quizás sean ricos y poderosos, otros pobres y desvalidos; unos afamados intelectuales, altos dirigentes, ministros o tal vez, incluso, jefes de estado —ya que es de esperar que la jerarquía de algunos de tus pacientes aumente en la misma medida que la fama que te proporcionará tus conocimientos—; otros serán simples empleados, obreros, campesinos o amas de casa. Cuando se trate de la atención de un enfermo, para ti no debe haber diferencia entre aquel que ostente el bastón de un mariscal y los que empuñen el machete del campesino o el martillo del obrero. Préstales a todos la misma atención. Ésa, solícita y gentil que te gustaría que te dispensaran a ti mismo o a alguno de tus familiares más allegados, indefenso y enfermo. Unos podrán tener mayores oportunidades que los otros de disfrutar de los placeres materiales que la vida consigue proporcionar y tendrán la facultad de pagar tus auxilios no solo en dinero, sino con favores, que a veces no se pueden comprar ni con toda la riqueza de la tierra. Lo que a todos les está vedado adquirir es el poder de sobreponerse a lo efímero de la existencia, pues a cada uno de ellos la vida les depara, como destino final, una muerte segura. Atiéndelos a todos como lo que son, seres humanos que te necesitan, y que ante la sola idea de una cita con la parca, tiemblan de pavor como cervatillos acorralados. El valor, atributo de unos pocos, radica precisamente en ser más fuerte que este sentimiento de desamparo que es ineluctable.
Recuerda que nuestra especie, la humana, es única e indivisible en nuestro planeta —lo que constituye uno de sus rasgos distintivos con relación a otras especies—; que genómicamente no existen diferencias entre unos hombres y otros, sino solo en el color de su piel o de sus ojos, la textura de su pelo y algunas de las facciones de sus rostros; que no importa que no se parezcan físicamente a ti; que hombre es más que blanco, más que negro, que mulato, que indio, que amarillo o asiático, más que europeo, más que americano, más que árabe, más que hindú; que cuando se dice, hombre, ya se han dicho todos los derechos y que uno de los más elementales, es el derecho a la atención médica.
Ten en cuenta, que tu sola presencia sirve de aliento a un paciente y a sus familiares, y que una palabra o simplemente un gesto tuyo, puede marcar la insalvable diferencia entre la esperanza y la desolación. Tu poder no tiene comparación con ningún otro sobre la faz de la tierra.
Vístete bien y preséntate en todos los lugares correctamente ataviado y muy limpio; la higiene, que previene las enfermedades, comienza por la limpieza. Nunca atiendas a un paciente sin una bata blanca, apropiada para la ocasión, que es un símbolo que te otorga un respeto sobrecogedor, capaz de inspirar más deferencia que el cetro o la corona de un monarca. Por eso, las pacientes, a veces jóvenes y atractivas, se desvestirán ante una simple indicación tuya durante una consulta, y los boxeadores, los luchadores de sumo, los generales entorchados con condecoraciones adquiridas a golpes de heroísmo, y hasta los más feroces criminales a quienes todos temen, consentirán en que introduciendo tu dedo en sus orificios anales, procedas a realizarles sendos tactos rectales.
Mientras sinsontes y ruiseñores inundan alegremente con sus trinos la mañana, hay cuervos de cuyos picos abiertos y voraces se desprenden desmañados graznidos. Al mismo tiempo que tú te desvelas, combates las enfermedades y alivias el sufrimiento; otros, cuyo poder es inmenso, dedican sus energías a urdir tramas macabras para despojar a otros hombres de su libertad o sus riquezas, para arrebatarles su independencia y los recursos naturales que posee su nación, y así, incrementar su poder. Como resultado de estas aviesas ambiciones se producen constantemente guerras en las que mueren o quedan mutiladas y psíquicamente afectadas de manera permanente miles de personas, muchas de ellas, en la flor de la juventud. Junto a las guerras se suceden, como jinetes apocalípticos, el hambre, la miseria y las enfermedades por lo que, finalmente, nadie queda a salvo, ya sean ancianos, mujeres o niños, que aportan más víctimas que los soldados regulares, porque las bombas —aunque sean de aquellas que hoy en día, no sin una buena dosis de sarcasmo, llaman “inteligentes”— y otras armas de destrucción masiva no respetan ni la edad, ni el sexo.
Si ejerces la medicina en un país imperial, tus gobernantes te llamarán algún día, para que emplees tu sabiduría en atenuar el sufrimiento de aquellos que ellos mismos han condenado. Ten presente entonces, con entera claridad, que hay por un lado, guerras justas y necesarias que son las que emprenden los pueblos en aras de su liberación e independencia o en defensa de su soberanía cuando son agredidos; y, por otro, guerras injustas que son las que desatan los oligarcas, en su soberbia, para acrecentar su poder y su riqueza; estos hombres poseídos por demoníacas ambiciones, son los que se convierten en fieras; muy injusto, errático y poco enaltecedor sería culpar al género humano en su conjunto por las acciones de un puñado de criminales.
Puedes tener la absoluta seguridad de que no será siempre así, que la maldad, el egoísmo y las guerras serán desterradas para siempre de la faz de la tierra y ten presente que la creencia de que un mundo mejor es posible, no es una quimera irrelevante y absurda, sino un futuro cierto.
Los pueblos liberados odian la guerra y necesitan la paz para construir su futuro y desarrollarse. La alborada del día en que la humanidad actuando de consuno se pondrá de pie, emplazará a todos los imperios y derribará a los tiranos presuntuosos y ávidos de recursos naturales que no les pertenecen, que son los que generan las guerras porque se benefician con ellas; está más próxima en el tiempo que remota, y así, el mundo será mejor. Mientras tanto, sirve honrosamente a tu patria y no vendas tus conocimientos a los enemigos de tu pueblo.
Recuerda la valentía de Hipócrates en el momento en que levantó su estatura moral más que nunca: cuándo Artajerjes, rey de los Persas y enemigo jurado de los griegos, le ofreció colosales riquezas para traicionar a su país y ayudar a controlar una epidemia que diezmaba el ejército persa; el genial médico griego se negó resueltamente y dejó muy claro que jamás brindaría ayuda a los enemigos de su patria. Con esto se inmortalizó eternamente ya que el profesional de la salud que comete la iniquidad de vender sus servicios al enemigo o traiciona a su patria movido por la obtención de riquezas y bienes materiales, aunque tenga una calificación académica y científica elevadísima, es un hombre ruin, bajo e indigno. Ten siempre vivas en tu memoria las palabras de Louis Pasteur cuando exclamó: "Me sentiría como un desertor si yo buscara lejos de mi país una situación material mejor que la que éste puede ofrecerme". "Si la ciencia no tiene patria, el hombre de ciencia sí la tiene".
Presta tus servicios en una guerra justa de liberación —cuando ese momento llegue— y enfréntate con decisión, cueste lo que cueste, a los que pretendan involucrarte en una guerra injusta para oprimir y ultrajar a otros pueblos.
No debes ignorar que se practica con encono singular el proyecto de la dominación del mundo por parte de un imperio implacable y egoísta, que no vacila en emplear los más refinados métodos de divulgación y propaganda para conseguirlo. Estos procedimientos van orientados a ofrecer a los moradores de nuestro planeta una imagen simpática y hábilmente condimentada de los valores culturales y éticos de los conquistadores, que a veces llega a deslumbrar a los incautos, en cuyas mentes germinan las fantasías más descabelladas; son gentes que tienen la costumbre de mirar solo la epidermis, es decir, las apariencias exteriores de las cosas y no han aprendido a ver el corazón, que es como decir el centro, lo más profundo de ellas, que es lo que revela su esencia verdadera. Con sutiles embustes, se burlan de los ideales de progreso y de mejoramiento humano de grupos sociales con precario nivel de vida, algunos de cuyos integrantes no tienen la ilustración suficiente y la conciencia necesaria para darse cuenta de que son objeto de la más vulgar manipulación de sus ilusiones y que su falta de perspicacia y de visión, asociadas a sus ansias de ver satisfechos sus anhelos, pueden traer —en el marco de un contexto determinado— trágicas consecuencias a su propio pueblo. Ese imperio omnipresente y avasallador es, sin dudas, el peor enemigo de la humanidad.
Pero, ten en cuenta sobre toda otra consideración, que si llegas a alcanzar tus aspiraciones de hacerte médico y perteneces a un país pequeño, los valores de una nación no se miden por las dimensiones de sus fronteras, sino por la belleza de los ideales que defiende. Una nación desbordante de dignidad y de orgullo es siempre una nación grande. Sin embargo, el juicio de ciertos sectores de opinión de nuestro planeta es, lamentablemente, manipulado de manera inmisericorde por grandes empresas transnacionales que se valen de los medios masivos de difusión como la radio, la televisión, el cine y la prensa escrita, en un esfuerzo mediático colosal, no solo de desinformación, sino también, de colonización cultural. Por eso, tus acciones pueden ser tergiversadas por algunos y cuando honrada y desinteresadamente acudas a un país lejano a ofrecer tus servicios, prolongar la vida y aliviar el dolor de otros seres humanos, corres el riesgo de ser acusado en el mejor de los casos de mercenario, cuando no de agente de inteligencia o de asesino sin escrúpulos o conspirador contra la seguridad del país en que te encuentres. Nada de eso debe doblegar tu voluntad ni entibiar tu ánimo. Por el contrario, piensa que las blasfemias que un enemigo artero y despiadado lanza, como dardos envenenados contra ti, constituyen los mejores elogios y el más seguro aval de que tu actuación es adecuada y loable.
Tu conducta debe ser siempre pulcra y recta, ya que los demás verán en ti el conjunto de valores que tu pueblo defiende y representa.
La medicina es la más pura y humana de las profesiones, por lo que nunca te arrepentirás de haberla elegido. Gracias a ella, jamás estarás solo, recibirás a caudales por ti nunca sospechados el agradecimiento de tus pacientes y el reconocimiento social de toda una nación junto a la infinita solidaridad de tu pueblo, ¡y será tanta!... que pensarás no merecerla, porque tu virtud descansará, únicamente, en haber cumplido con tu deber.
Si estás hecho con la fibra de los patriotas verdaderos...
Si prefieres compartir las ideas de los grandes humanistas de todos los tiempos...
Si eliges sufrir parte de las angustias y desvelos de los grandes fundadores de pueblos...
Si aceptas la necesidad de luchar contra las, arpías, grayas y demonios terrenales, más tangibles que aquellos que se alojan en los avernos…
Si ansías conocer al hombre y penetrar en toda la grandeza de su destino...
Si compartes el ideal de que un mundo mejor es posible…
Si persistes en tu decisión de aprender con fervor y seriedad la medicina y te encuentras con fuerzas para hacerle frente a todas las adversidades...
Solo entonces, ¡Hazte médico, Hijo Mío!
Te deseo una larga vida... Si lograras conservarte limpio y puro hasta el fin de tus días, tu obra no será entonces, grande. ¡Será sublime!
Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu
Es una hermosa profesión que debería ser practicada, no solamente por personas sabias y profesionalmente bien calificadas sino, además, honradas y decentes.
Ante todo, piensa en cómo puedes servir antes de pensar en la forma en que crees que debes ser retribuido; reflexiona primero en lo que puedes ser capaz de hacer por los demás y por tu patria, antes de calcular lo que has valorado como tus merecimientos y en lo que los demás y tu patria pueden hacer por ti.
Si eliges la medicina como profesión, no lo hagas pensando en que puede ser un oficio remunerativo y destierra de tu mente todo afán de lucro. Nunca saques ventajas de tu profesión ni admitas un solo centavo por un servicio prestado. Aunque el símbolo de la Medicina y el de Hermes Mercurio, que sirve de divisa a los comerciantes, tienen cierto parecido, el médico no debe nunca confundirse y pensar en ejercer su profesión con el espíritu de un mercader. Por el solo hecho de haber nacido, todo hombre tiene derecho al trabajo, la alimentación, la educación y a la atención médica. Cobrar por la prestación de un derecho propio e inalienable, equivale a delinquir. La Historia señala claramente la dirección en la cual se mueve la Medicina para que todos sus recursos científicos puedan ponerse al servicio de la comunidad, ya que el ejercicio privado de la misma no puede satisfacer las necesidades de la salud del pueblo en nación alguna, por muy rica y poderosa que ésta sea.
No obstante, los enfermos, o sus familiares sinceramente agradecidos y sin ánimo de especular con su obsequio u obtener privilegios a cambio, te asediarán tenazmente. Ten la sabiduría de aprender a reconocer cuándo tu reluctancia ofende y cuándo tu aquiescencia no te compromete. Aprende a identificar el momento en que tu beneplácito deja impoluta tu probidad; pero recuerda que el más largo de los caminos comienza siempre por el primer paso.
Mantén absoluta reserva con relación al diagnóstico de todos los pacientes y a cualquier revelación que puedan hacerte durante el ejercicio de tu profesión. Los enfermos y familiares descorrerán, poco a poco, los cerrojos que guardan con celo en el fondo de sus almas los más recónditos y a veces ominosos secretos, que quedarán ante ti tan visibles como un libro abierto; accederán a que traspases los límites ignotos de lo arcano y ello te permitirá desvelar lo que para el resto de los hombres será siempre un enigma.
Si eres llamado al hogar de algún enfermo para prestar tus servicios no es levantado para el espíritu husmear en los detalles de sus interioridades. Cumple tu misión con sencillez y con amor y cuando hayas terminado, da por finalizado tu trabajo y despídete con elegancia, porque el cotilleo es una cualidad que solo germina saludablemente en las almas ruines y miserables.
Aleja la lujuria de tu práctica profesional, ya que no es posible congeniar la lascivia con el espíritu científico y los instintos libidinosos son ajenos a la práctica de la medicina. Hay tiempo y lugar para cada cosa.
Debes saber que para llegar al diagnóstico correcto de una enfermedad deberás relacionarte estrechamente con tus pacientes que, por lo regular, son personas no avezadas en la ciencia médica, que suelen conceder singular importancia a los aspectos menos relevantes de su padecimiento y es mediante tu interrogatorio que deberás apartar la hojarasca superflua, para descubrir los indicios que te lleven a esclarecer las causas del mal que los aqueja. Esta es una tarea que requiere infinita paciencia.
Al igual que el interrogatorio, el examen físico es un aspecto primordial del método clínico; por ello deberás inclinarte sobre cuerpos enfermos, a veces, pustulosos y respirar muy de cerca el aliento malsano de aquellos que han sido presa de alguna dolencia; palpar su piel sudorosa por la fiebre y, en ocasiones, examinar detenidamente su orina y su excremento —su cantidad, color, consistencia, y hasta su olor—, porque eso puede proporcionar datos de valor inapreciable para establecer un buen diagnóstico.
Ten en cuenta que tu vida, si quieres ser un buen médico, tendrás que consagrarla por entero al ejercicio de tu profesión, que atenderás pacientes con graves enfermedades que requieren atención urgentemente y ello puede ocurrir a cualquier hora del día o de la noche. Por otra parte, con no poca frecuencia, en tus horas de asueto, durante las que te solazas con familiares y amigos, serás interpelado por pacientes que debido a la gran preocupación que les concita su dolencia, te interrumpirán y reclamarán tu consejo o tu atención. Adviérteles que una buena consulta médica requiere un local apropiado y privacidad y así los educarás; pero reflexiona, cuando enfrentes estas situaciones, en la confianza que están depositando en ti y en las horas que, quizás, deben invertir para llegar hasta un lugar donde un médico los atienda y en otras tantas de espera antes de obtener una consulta. Piensa que, probablemente, ellos están a su vez abrumados por múltiples ocupaciones laborales y familiares. Sé benévolo por muy inapropiada y fuera de contexto que sea la solicitud de que has sido objeto y cuando se te agote la paciencia... ¡busca más paciencia! En todo caso, una respuesta brusca o descompuesta, o simplemente un rechazo, te acarrearía aún más dificultades y conflictos que una conducta indulgente. Por añadidura, podrían injustamente valorarte por ese mal momento, en vez de por el resto de las horas que consagras con devoción a la atención de tus enfermos. No olvides, que las heridas que inflinge la palabra suelen tener una cicatrización lenta y difícil.
No es de extrañar, que debas atender a enfermos de diferente rango y posición social, gentes de muy disímil profesión. Unos quizás sean ricos y poderosos, otros pobres y desvalidos; unos afamados intelectuales, altos dirigentes, ministros o tal vez, incluso, jefes de estado —ya que es de esperar que la jerarquía de algunos de tus pacientes aumente en la misma medida que la fama que te proporcionará tus conocimientos—; otros serán simples empleados, obreros, campesinos o amas de casa. Cuando se trate de la atención de un enfermo, para ti no debe haber diferencia entre aquel que ostente el bastón de un mariscal y los que empuñen el machete del campesino o el martillo del obrero. Préstales a todos la misma atención. Ésa, solícita y gentil que te gustaría que te dispensaran a ti mismo o a alguno de tus familiares más allegados, indefenso y enfermo. Unos podrán tener mayores oportunidades que los otros de disfrutar de los placeres materiales que la vida consigue proporcionar y tendrán la facultad de pagar tus auxilios no solo en dinero, sino con favores, que a veces no se pueden comprar ni con toda la riqueza de la tierra. Lo que a todos les está vedado adquirir es el poder de sobreponerse a lo efímero de la existencia, pues a cada uno de ellos la vida les depara, como destino final, una muerte segura. Atiéndelos a todos como lo que son, seres humanos que te necesitan, y que ante la sola idea de una cita con la parca, tiemblan de pavor como cervatillos acorralados. El valor, atributo de unos pocos, radica precisamente en ser más fuerte que este sentimiento de desamparo que es ineluctable.
Recuerda que nuestra especie, la humana, es única e indivisible en nuestro planeta —lo que constituye uno de sus rasgos distintivos con relación a otras especies—; que genómicamente no existen diferencias entre unos hombres y otros, sino solo en el color de su piel o de sus ojos, la textura de su pelo y algunas de las facciones de sus rostros; que no importa que no se parezcan físicamente a ti; que hombre es más que blanco, más que negro, que mulato, que indio, que amarillo o asiático, más que europeo, más que americano, más que árabe, más que hindú; que cuando se dice, hombre, ya se han dicho todos los derechos y que uno de los más elementales, es el derecho a la atención médica.
Ten en cuenta, que tu sola presencia sirve de aliento a un paciente y a sus familiares, y que una palabra o simplemente un gesto tuyo, puede marcar la insalvable diferencia entre la esperanza y la desolación. Tu poder no tiene comparación con ningún otro sobre la faz de la tierra.
Vístete bien y preséntate en todos los lugares correctamente ataviado y muy limpio; la higiene, que previene las enfermedades, comienza por la limpieza. Nunca atiendas a un paciente sin una bata blanca, apropiada para la ocasión, que es un símbolo que te otorga un respeto sobrecogedor, capaz de inspirar más deferencia que el cetro o la corona de un monarca. Por eso, las pacientes, a veces jóvenes y atractivas, se desvestirán ante una simple indicación tuya durante una consulta, y los boxeadores, los luchadores de sumo, los generales entorchados con condecoraciones adquiridas a golpes de heroísmo, y hasta los más feroces criminales a quienes todos temen, consentirán en que introduciendo tu dedo en sus orificios anales, procedas a realizarles sendos tactos rectales.
Mientras sinsontes y ruiseñores inundan alegremente con sus trinos la mañana, hay cuervos de cuyos picos abiertos y voraces se desprenden desmañados graznidos. Al mismo tiempo que tú te desvelas, combates las enfermedades y alivias el sufrimiento; otros, cuyo poder es inmenso, dedican sus energías a urdir tramas macabras para despojar a otros hombres de su libertad o sus riquezas, para arrebatarles su independencia y los recursos naturales que posee su nación, y así, incrementar su poder. Como resultado de estas aviesas ambiciones se producen constantemente guerras en las que mueren o quedan mutiladas y psíquicamente afectadas de manera permanente miles de personas, muchas de ellas, en la flor de la juventud. Junto a las guerras se suceden, como jinetes apocalípticos, el hambre, la miseria y las enfermedades por lo que, finalmente, nadie queda a salvo, ya sean ancianos, mujeres o niños, que aportan más víctimas que los soldados regulares, porque las bombas —aunque sean de aquellas que hoy en día, no sin una buena dosis de sarcasmo, llaman “inteligentes”— y otras armas de destrucción masiva no respetan ni la edad, ni el sexo.
Si ejerces la medicina en un país imperial, tus gobernantes te llamarán algún día, para que emplees tu sabiduría en atenuar el sufrimiento de aquellos que ellos mismos han condenado. Ten presente entonces, con entera claridad, que hay por un lado, guerras justas y necesarias que son las que emprenden los pueblos en aras de su liberación e independencia o en defensa de su soberanía cuando son agredidos; y, por otro, guerras injustas que son las que desatan los oligarcas, en su soberbia, para acrecentar su poder y su riqueza; estos hombres poseídos por demoníacas ambiciones, son los que se convierten en fieras; muy injusto, errático y poco enaltecedor sería culpar al género humano en su conjunto por las acciones de un puñado de criminales.
Puedes tener la absoluta seguridad de que no será siempre así, que la maldad, el egoísmo y las guerras serán desterradas para siempre de la faz de la tierra y ten presente que la creencia de que un mundo mejor es posible, no es una quimera irrelevante y absurda, sino un futuro cierto.
Los pueblos liberados odian la guerra y necesitan la paz para construir su futuro y desarrollarse. La alborada del día en que la humanidad actuando de consuno se pondrá de pie, emplazará a todos los imperios y derribará a los tiranos presuntuosos y ávidos de recursos naturales que no les pertenecen, que son los que generan las guerras porque se benefician con ellas; está más próxima en el tiempo que remota, y así, el mundo será mejor. Mientras tanto, sirve honrosamente a tu patria y no vendas tus conocimientos a los enemigos de tu pueblo.
Recuerda la valentía de Hipócrates en el momento en que levantó su estatura moral más que nunca: cuándo Artajerjes, rey de los Persas y enemigo jurado de los griegos, le ofreció colosales riquezas para traicionar a su país y ayudar a controlar una epidemia que diezmaba el ejército persa; el genial médico griego se negó resueltamente y dejó muy claro que jamás brindaría ayuda a los enemigos de su patria. Con esto se inmortalizó eternamente ya que el profesional de la salud que comete la iniquidad de vender sus servicios al enemigo o traiciona a su patria movido por la obtención de riquezas y bienes materiales, aunque tenga una calificación académica y científica elevadísima, es un hombre ruin, bajo e indigno. Ten siempre vivas en tu memoria las palabras de Louis Pasteur cuando exclamó: "Me sentiría como un desertor si yo buscara lejos de mi país una situación material mejor que la que éste puede ofrecerme". "Si la ciencia no tiene patria, el hombre de ciencia sí la tiene".
Presta tus servicios en una guerra justa de liberación —cuando ese momento llegue— y enfréntate con decisión, cueste lo que cueste, a los que pretendan involucrarte en una guerra injusta para oprimir y ultrajar a otros pueblos.
No debes ignorar que se practica con encono singular el proyecto de la dominación del mundo por parte de un imperio implacable y egoísta, que no vacila en emplear los más refinados métodos de divulgación y propaganda para conseguirlo. Estos procedimientos van orientados a ofrecer a los moradores de nuestro planeta una imagen simpática y hábilmente condimentada de los valores culturales y éticos de los conquistadores, que a veces llega a deslumbrar a los incautos, en cuyas mentes germinan las fantasías más descabelladas; son gentes que tienen la costumbre de mirar solo la epidermis, es decir, las apariencias exteriores de las cosas y no han aprendido a ver el corazón, que es como decir el centro, lo más profundo de ellas, que es lo que revela su esencia verdadera. Con sutiles embustes, se burlan de los ideales de progreso y de mejoramiento humano de grupos sociales con precario nivel de vida, algunos de cuyos integrantes no tienen la ilustración suficiente y la conciencia necesaria para darse cuenta de que son objeto de la más vulgar manipulación de sus ilusiones y que su falta de perspicacia y de visión, asociadas a sus ansias de ver satisfechos sus anhelos, pueden traer —en el marco de un contexto determinado— trágicas consecuencias a su propio pueblo. Ese imperio omnipresente y avasallador es, sin dudas, el peor enemigo de la humanidad.
Pero, ten en cuenta sobre toda otra consideración, que si llegas a alcanzar tus aspiraciones de hacerte médico y perteneces a un país pequeño, los valores de una nación no se miden por las dimensiones de sus fronteras, sino por la belleza de los ideales que defiende. Una nación desbordante de dignidad y de orgullo es siempre una nación grande. Sin embargo, el juicio de ciertos sectores de opinión de nuestro planeta es, lamentablemente, manipulado de manera inmisericorde por grandes empresas transnacionales que se valen de los medios masivos de difusión como la radio, la televisión, el cine y la prensa escrita, en un esfuerzo mediático colosal, no solo de desinformación, sino también, de colonización cultural. Por eso, tus acciones pueden ser tergiversadas por algunos y cuando honrada y desinteresadamente acudas a un país lejano a ofrecer tus servicios, prolongar la vida y aliviar el dolor de otros seres humanos, corres el riesgo de ser acusado en el mejor de los casos de mercenario, cuando no de agente de inteligencia o de asesino sin escrúpulos o conspirador contra la seguridad del país en que te encuentres. Nada de eso debe doblegar tu voluntad ni entibiar tu ánimo. Por el contrario, piensa que las blasfemias que un enemigo artero y despiadado lanza, como dardos envenenados contra ti, constituyen los mejores elogios y el más seguro aval de que tu actuación es adecuada y loable.
Tu conducta debe ser siempre pulcra y recta, ya que los demás verán en ti el conjunto de valores que tu pueblo defiende y representa.
La medicina es la más pura y humana de las profesiones, por lo que nunca te arrepentirás de haberla elegido. Gracias a ella, jamás estarás solo, recibirás a caudales por ti nunca sospechados el agradecimiento de tus pacientes y el reconocimiento social de toda una nación junto a la infinita solidaridad de tu pueblo, ¡y será tanta!... que pensarás no merecerla, porque tu virtud descansará, únicamente, en haber cumplido con tu deber.
Si estás hecho con la fibra de los patriotas verdaderos...
Si prefieres compartir las ideas de los grandes humanistas de todos los tiempos...
Si eliges sufrir parte de las angustias y desvelos de los grandes fundadores de pueblos...
Si aceptas la necesidad de luchar contra las, arpías, grayas y demonios terrenales, más tangibles que aquellos que se alojan en los avernos…
Si ansías conocer al hombre y penetrar en toda la grandeza de su destino...
Si compartes el ideal de que un mundo mejor es posible…
Si persistes en tu decisión de aprender con fervor y seriedad la medicina y te encuentras con fuerzas para hacerle frente a todas las adversidades...
Solo entonces, ¡Hazte médico, Hijo Mío!
Te deseo una larga vida... Si lograras conservarte limpio y puro hasta el fin de tus días, tu obra no será entonces, grande. ¡Será sublime!
Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu
CONSEJOS DE ESCULAPIO
CONSEJOS DE ESCULAPIO
¿Quieres ser médico, hijo mío?
¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida? Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos; a toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación; ya no tendrás hora que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio; ya no te pertenecerás.
Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en casos de urgencia; pero los ricos te tratarán como esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados; harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud, pues estiman en muchísimo su persona. Habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer ternera o cordero, si han de andar de tal o cual modo cuando se pasean. No podrás ir al teatro, ausentarte de la ciudad, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.
Eras severo en la elección de tus amigos; buscabas a la sociedad de los hombres de talento, de artistas, de almas delicadas; en adelante, no podrás desechar a los fastidiosos, a los escasos de inteligencia, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado; prolongarás vidas nefastas, y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir crímenes de los que serás testigo.
Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación; ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no gastas barbas, otros si vienes de Asia; otros si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos.
Te gusta la sencillez; habrás de adoptar la actitud de un augur. Eres activo, sabes lo que vale el tiempo, no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que soportar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico; ociosos te consultarán por el solo placer de charlar. Serás el vertedero de sus disgustos, de sus nimias vanidades.
Sientes pasión por la verdad; ya no podrás decirla. Tendrás que ocultar a algunos la gravedad de su mal; a otros su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice.
Aunque la medicina es una ciencia oscura, a quien los esfuerzos de sus fieles van iluminando de siglo en siglo, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.
No cuentes con agradecimiento; cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como un dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia, ya le estorbas, y cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra.
Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen del médico. Cuanto más codiciosos ellos, más desinteresado ha de ser él, y los mismos que se burlan de los dioses le confieren el sacerdocio para interesarlo al culto de su sacra persona. La ciudad confía en él para que remedie los daños que ella causa. No cuentes con que ese oficio tan penoso te haga rico; te lo he dicho: es un sacerdocio, y no sería decente que produjera ganancias como las que tiene un aceitero o el que vende lana. Te compadezco si sientes afán por la belleza; verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Cuántas veces, un día hermoso, lleno de sol y perfumado, o bien al salir del teatro, de una pieza de Sófocles, te llamarán para un hombre que, molestado por los dolores de vientre, pondrá ante tus ojos un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "Gracias a que he tenido la preocupación de no tirarlo". Recuerda, entonces, que habrá de parecer que te interese mucho aquella deyección. Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por las mañanas desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores y olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser diosas para convertirse en pobres seres afligidos de miserias sin gracia. Sentirás por ellas más compasión que deseos. ¡Cuántas veces te asustarás al ver un cocodrilo adormecido en el fondo de la fuente de los placeres!
Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres.
Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estás a tiempo; pero si indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con una cara que te sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, ¡hazte médico, hijo mío!
¿Quieres ser médico, hijo mío?
¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida? Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos; a toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación; ya no tendrás hora que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio; ya no te pertenecerás.
Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en casos de urgencia; pero los ricos te tratarán como esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados; harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud, pues estiman en muchísimo su persona. Habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer ternera o cordero, si han de andar de tal o cual modo cuando se pasean. No podrás ir al teatro, ausentarte de la ciudad, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.
Eras severo en la elección de tus amigos; buscabas a la sociedad de los hombres de talento, de artistas, de almas delicadas; en adelante, no podrás desechar a los fastidiosos, a los escasos de inteligencia, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado; prolongarás vidas nefastas, y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir crímenes de los que serás testigo.
Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación; ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no gastas barbas, otros si vienes de Asia; otros si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos.
Te gusta la sencillez; habrás de adoptar la actitud de un augur. Eres activo, sabes lo que vale el tiempo, no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que soportar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico; ociosos te consultarán por el solo placer de charlar. Serás el vertedero de sus disgustos, de sus nimias vanidades.
Sientes pasión por la verdad; ya no podrás decirla. Tendrás que ocultar a algunos la gravedad de su mal; a otros su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice.
Aunque la medicina es una ciencia oscura, a quien los esfuerzos de sus fieles van iluminando de siglo en siglo, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.
No cuentes con agradecimiento; cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como un dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia, ya le estorbas, y cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra.
Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen del médico. Cuanto más codiciosos ellos, más desinteresado ha de ser él, y los mismos que se burlan de los dioses le confieren el sacerdocio para interesarlo al culto de su sacra persona. La ciudad confía en él para que remedie los daños que ella causa. No cuentes con que ese oficio tan penoso te haga rico; te lo he dicho: es un sacerdocio, y no sería decente que produjera ganancias como las que tiene un aceitero o el que vende lana. Te compadezco si sientes afán por la belleza; verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Cuántas veces, un día hermoso, lleno de sol y perfumado, o bien al salir del teatro, de una pieza de Sófocles, te llamarán para un hombre que, molestado por los dolores de vientre, pondrá ante tus ojos un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "Gracias a que he tenido la preocupación de no tirarlo". Recuerda, entonces, que habrá de parecer que te interese mucho aquella deyección. Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre, se desvanecerá para ti. Las verás por las mañanas desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores y olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser diosas para convertirse en pobres seres afligidos de miserias sin gracia. Sentirás por ellas más compasión que deseos. ¡Cuántas veces te asustarás al ver un cocodrilo adormecido en el fondo de la fuente de los placeres!
Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres.
Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estás a tiempo; pero si indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con una cara que te sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, ¡hazte médico, hijo mío!
LOS DOS SÍMBOLOS DE LA MEDICINA
La Vara de Esculapio y el Caduceo
Realmente son dos los emblemas de la medicina. El ortodoxo y verdaderamente válido es la Vara de Asclepio (*), o Vara de Esculapio que usted observa en la fotografía
Asclepio de los griegos o Esculapio de los romanos, era el Dios de la medicina, venerado en varios templos. Sus atributos eran representados por una serpiente que se encontraba enrollada en un bastón o vara.El nudo indica las dificultades de a ciencia. La vara es símbolo de poder
El símbolo más común es el de la serpiente, animal que según los antiguos griegos, vivía tanto sobre la tierra como en su interior.Este reptil en primavera cambia completamente la piel todos los años, por lo que se le atribuye: poder, virilidad, sabiduría, rejuvenecimiento, fertilidad, salud y prosperidad. Otros dicen que su símbolo nace en la mitología griega, pues Tronfonio y Esculapio enviaban sus poderes sanadores a través de las serpientes para curar las enfermedades. Lo cierto es que desde hace muchos siglos atrás, la serpiente fue venerada por los Cretenses, Fenicios, Indios Orientales y Aztecas como uno de sus dioses. Los indios americanos rindieron tributo a la serpiente de cascabel, los indios de la Amazona a la anaconda, los budistas a la cobra y los babilónicos al pitón, dragón monstruoso.
Asclepio tenía el don de la curación y conocía muy bien la vegetación y sobre todo las plantas medicinales.
Según la mitología Asclepio o Esculapio (*) era hijo de Apolo y de la mortal Coronis. Apolo confió el pequeño Asclepio al centauro, éste le inculcó las artes de la medicina y de la caza.Apolo y Atenea intervinieron también en su educación, esta última le entregó dos botellas llenas de sangre de la Gorgona. Una de las sangres estaba envenenada, y la otra contenía propiedades para resucitar a la gente. Asclepio llegó a dominar el arte de la resurrección y cuenta la leyenda que devolvió a la vida a un gran número de personas importantes.
Practicó la medicina con gran éxito, por lo que le levantaron grandes santuarios por toda Grecia. Zeus no estaba conforme con que resucitara a los mortales por lo que lanzó un rayo y mató a Asclepio, quien subió a los cielos y se convirtió nada menos que en la constelación de serpentario.
El símbolo de Asclepio aparece en el siglo IX a.n.e. Según cuenta la leyenda, estando en casa de Glauco, quien se hallaba mortalmente herido, apareció en ese momento en la habitación una serpiente y Asclepio la mató con su vara, otra serpiente que entró al aposento llevaba en su boca unas hierbas con las que revivió a la que estaba muerta, poniéndoselas en su boca. Fue así como Asclepio también salvó a su paciente de la muerte, lo que se ha interpretado como la muerte vencida por Asclepio.
Asclepio existió y vivió en Tesalia, fue un médico notable de gran respeto y fama luego de su muerte fue inmortalizado, se inició la leyenda y fue venerado en Atenas, Corinto y Pérgamo, ciudad natal de Galeno. A Asclepio se le representa como un hombre de edad madura, barbudo, de mirada serena, con abundante cabellera que recoge con una diadema. Casi siempre aparece vistiendo un manto que deja al descubierto el brazo derecho y el busto apoyado en una vara, símbolo pues de la constante disposición del médico a prestar socorro a un enfermo, aunque el camino para llegar a él sea largo y penoso. También es posible que esta vara representara originalmente una rama del árrbol de la vida.
En otras representaciones de Esculapio la vara se asemeja a una rama curvada y algo nudosa.
Por otra parte, lo que se conoce como caduceo,según la fábula de Ovidio, en la Mitología Griega, fue regalado por Apolo a Mercurio para terminar una disputa entre ellos; Mercurio había regalado al Dios de la Música la lira de siete cuerdas que había inventado. Según se dice, Mercurio encontró en el Monte Citerón a dos serpientes que se peleaban y él arroja en medio de ellas su varilla para separarlas y vio cómo, sin hacerse daño, se enroscaron y se entrelazaron alrededor de la vara, de forma tal que la parte más alta de sus cuerpos formaron un arco, quedando sus cabezas frente a frente sin señal e enemistad. Probablemente, esta leyenda nació del símbolo y como razón artística y decorativa. Después de esto Mercurio se sirvió para sus funciones; con el caduceo adormecía y despertaba a los mortales, atraía a ellos las almas de los fallecidos o las conducía a la morada de los muertos o al infierno, sujetaba los vientos y disipaba las nubes, convertía en oro lo que tocaba, transformaba las tinieblas en luz. Era una vara de poder, siendo para el hombre fuente de seguridad, paz, concordia, beneficio y fortuna. Los griegos hicieron de este emblema el sello distintivo de los heraldos y embajadores. Según algunos historiadores, las alas del caduceo de Mercurio, están presentes porque es Hermes, Dios egipcio adoptado por los griegos, inventor fabuloso de la Alquimia, ciencia médica por excelencia; entre sus atribuciones llevaba Pileus o casco con alas, y entonces estaría representada la vieja máxima médica: Curare tuto, cito, et, jacunde, que quiere decir: curar todo, pronto, placenteramente.
Para otros las alas son el representativo de los médicos, que al disolverse el Colegio de Pitágoras en Samos, no escogieron residencia fija y se trasladaban de un país a otro; también se dice que, indican la actividad, diligencia y ejercicio en la rapidez de las funciones.
Por mucho tiempo se pensó que el origen del símbolo de la Medicina estaba en la Mitología griega como atributo del dios Hermes o Mercurio, pero más recientemente se ha conocido que los arqueólogos han encontrado símbolos semejantes en civilizaciones más antiguas como la asiria (de piedra tallada 30.000 años a.n.e y de piedra pulida 6.500 años a.n.e) y la caldea (3.000 años a.n.e.) así como en otras épocas, en la civilización egipcia y la fenicia.
Es en la etapa greco-romana que muchos historiadores marcan el inicio del caduceo, sin mencionar las anteriores. De hecho, primitivamente fue una rama de olivo, otras veces fue una de laurel o de olivo de cabeza nudosa que se bifurca en 2 y se enroscan para juntar sus extremos, después, artísticamente se cambiaron por las serpientes y se colocaron las alas de Mercurio. Los griegos lo tenían como báculo heráldico, representado por una caña entrelazada con hilos de lana; en la edad media fue un bastón cubierto de terciopelo flordelisado y así fue cambiando según la época histórica. Este caduceo fue el de Hermes o Mercurio, que seguía el tipo caldeo y fenicio.
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El caduceo de Mercurio se comenzó a usar como emblema de la Medicina cuando el aristócrata Sir William Butts, médico del rey Enrique VII de Inglaterra lo puso en su escudo nobiliario; 3 siglos después, la casa editorial de libros médicos JSM Churchill lo usó como distintivo. En 1856, el Servicio del Hospital de Marina de los Estados Unidos pensó que el caduceo sería un buen distintivo para significar el carácter "no combatiente" de la clase médica. Hay muchos países aún, cuyas instituciones de salud usan como distintivo el caduceo de Mercurio.
CONCLUSIÓN. - Ambos pueden ser utilizados como símbolos de la medicina, pero debemos precisar que el de Asclepio o Vara de Esculapio, es el símbolo ortodoxo, y que el caduceo de dos serpientes, es paradójicamente el más utilizado y más conocido universalmente. La diferencia es que la Vara de Esculapio siempre fue el signo de la medicina, mientras que el de Hermes (el de las 2 serpientes) fue utilizado erróneamente. Sin embargo, en 1902 el caduceo fue tomado oficialmente como símbolo del cuerpo médico del ejército de los Estados Unidos y a partir de ahí, su uso empezó a expandirse internacionalmente, hasta convertirse hoy en día en el símbolo más utilizado y más conocido. Por esta razón es que es perfectamente lícito el uso de cualquiera de los dos símbolos.
La razón por la que Susmedicos.com optó finalmente por el caduceo, es en primer lugar porque es el símbolo más utilizado y más conocido en todo el mundo; en segundo lugar porque en 1902 fue oficialmente adoptado como un segundo símbolo de la medicina; y en tercer lugar porque para nuestro nuevo diseño, se adapta mejor el Caduceo que el Esculapio.
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BIBLIOGRAFÍA
http://bvs.sld.cu/revistas/his/cua_87/cua0487.htm
- Diccionario de la Lengua Española y de Nombres Propios. Océano Pacífico.
- Gran Enciclopedia Universal Ilustrada, No. 34, Editores S.A, España, Barcelona, 1970.
- Gran Enciclopedia del Mundo, Colectivo de Autores, No. 4, Editorial Marín S.A, España, 1972.
- Diccionario Enciclopédico Salvat Universal Tomo 5, Salvat Editores S.A, Barcelona, España, 1970
- Enciclopédico Salvat de Ciencias Médicas, Tomo 1, Salvat Editores S.A, Barcelona-Madrid, 1959
- Enciclopedia Universal Ilustrada, Europeo-Americana, Tomo 10, José Espasa e hijos Editores Barcelona, 1925.
- Rev Cubana MGI 1997: 13 (4)
- Rev Cubana MGI: 14 (3)
Realmente son dos los emblemas de la medicina. El ortodoxo y verdaderamente válido es la Vara de Asclepio (*), o Vara de Esculapio que usted observa en la fotografía
Asclepio de los griegos o Esculapio de los romanos, era el Dios de la medicina, venerado en varios templos. Sus atributos eran representados por una serpiente que se encontraba enrollada en un bastón o vara.El nudo indica las dificultades de a ciencia. La vara es símbolo de poder
El símbolo más común es el de la serpiente, animal que según los antiguos griegos, vivía tanto sobre la tierra como en su interior.Este reptil en primavera cambia completamente la piel todos los años, por lo que se le atribuye: poder, virilidad, sabiduría, rejuvenecimiento, fertilidad, salud y prosperidad. Otros dicen que su símbolo nace en la mitología griega, pues Tronfonio y Esculapio enviaban sus poderes sanadores a través de las serpientes para curar las enfermedades. Lo cierto es que desde hace muchos siglos atrás, la serpiente fue venerada por los Cretenses, Fenicios, Indios Orientales y Aztecas como uno de sus dioses. Los indios americanos rindieron tributo a la serpiente de cascabel, los indios de la Amazona a la anaconda, los budistas a la cobra y los babilónicos al pitón, dragón monstruoso.
Asclepio tenía el don de la curación y conocía muy bien la vegetación y sobre todo las plantas medicinales.
Según la mitología Asclepio o Esculapio (*) era hijo de Apolo y de la mortal Coronis. Apolo confió el pequeño Asclepio al centauro, éste le inculcó las artes de la medicina y de la caza.Apolo y Atenea intervinieron también en su educación, esta última le entregó dos botellas llenas de sangre de la Gorgona. Una de las sangres estaba envenenada, y la otra contenía propiedades para resucitar a la gente. Asclepio llegó a dominar el arte de la resurrección y cuenta la leyenda que devolvió a la vida a un gran número de personas importantes.
Practicó la medicina con gran éxito, por lo que le levantaron grandes santuarios por toda Grecia. Zeus no estaba conforme con que resucitara a los mortales por lo que lanzó un rayo y mató a Asclepio, quien subió a los cielos y se convirtió nada menos que en la constelación de serpentario.
El símbolo de Asclepio aparece en el siglo IX a.n.e. Según cuenta la leyenda, estando en casa de Glauco, quien se hallaba mortalmente herido, apareció en ese momento en la habitación una serpiente y Asclepio la mató con su vara, otra serpiente que entró al aposento llevaba en su boca unas hierbas con las que revivió a la que estaba muerta, poniéndoselas en su boca. Fue así como Asclepio también salvó a su paciente de la muerte, lo que se ha interpretado como la muerte vencida por Asclepio.
Asclepio existió y vivió en Tesalia, fue un médico notable de gran respeto y fama luego de su muerte fue inmortalizado, se inició la leyenda y fue venerado en Atenas, Corinto y Pérgamo, ciudad natal de Galeno. A Asclepio se le representa como un hombre de edad madura, barbudo, de mirada serena, con abundante cabellera que recoge con una diadema. Casi siempre aparece vistiendo un manto que deja al descubierto el brazo derecho y el busto apoyado en una vara, símbolo pues de la constante disposición del médico a prestar socorro a un enfermo, aunque el camino para llegar a él sea largo y penoso. También es posible que esta vara representara originalmente una rama del árrbol de la vida.
En otras representaciones de Esculapio la vara se asemeja a una rama curvada y algo nudosa.
Por otra parte, lo que se conoce como caduceo,según la fábula de Ovidio, en la Mitología Griega, fue regalado por Apolo a Mercurio para terminar una disputa entre ellos; Mercurio había regalado al Dios de la Música la lira de siete cuerdas que había inventado. Según se dice, Mercurio encontró en el Monte Citerón a dos serpientes que se peleaban y él arroja en medio de ellas su varilla para separarlas y vio cómo, sin hacerse daño, se enroscaron y se entrelazaron alrededor de la vara, de forma tal que la parte más alta de sus cuerpos formaron un arco, quedando sus cabezas frente a frente sin señal e enemistad. Probablemente, esta leyenda nació del símbolo y como razón artística y decorativa. Después de esto Mercurio se sirvió para sus funciones; con el caduceo adormecía y despertaba a los mortales, atraía a ellos las almas de los fallecidos o las conducía a la morada de los muertos o al infierno, sujetaba los vientos y disipaba las nubes, convertía en oro lo que tocaba, transformaba las tinieblas en luz. Era una vara de poder, siendo para el hombre fuente de seguridad, paz, concordia, beneficio y fortuna. Los griegos hicieron de este emblema el sello distintivo de los heraldos y embajadores. Según algunos historiadores, las alas del caduceo de Mercurio, están presentes porque es Hermes, Dios egipcio adoptado por los griegos, inventor fabuloso de la Alquimia, ciencia médica por excelencia; entre sus atribuciones llevaba Pileus o casco con alas, y entonces estaría representada la vieja máxima médica: Curare tuto, cito, et, jacunde, que quiere decir: curar todo, pronto, placenteramente.
Para otros las alas son el representativo de los médicos, que al disolverse el Colegio de Pitágoras en Samos, no escogieron residencia fija y se trasladaban de un país a otro; también se dice que, indican la actividad, diligencia y ejercicio en la rapidez de las funciones.
Por mucho tiempo se pensó que el origen del símbolo de la Medicina estaba en la Mitología griega como atributo del dios Hermes o Mercurio, pero más recientemente se ha conocido que los arqueólogos han encontrado símbolos semejantes en civilizaciones más antiguas como la asiria (de piedra tallada 30.000 años a.n.e y de piedra pulida 6.500 años a.n.e) y la caldea (3.000 años a.n.e.) así como en otras épocas, en la civilización egipcia y la fenicia.
Es en la etapa greco-romana que muchos historiadores marcan el inicio del caduceo, sin mencionar las anteriores. De hecho, primitivamente fue una rama de olivo, otras veces fue una de laurel o de olivo de cabeza nudosa que se bifurca en 2 y se enroscan para juntar sus extremos, después, artísticamente se cambiaron por las serpientes y se colocaron las alas de Mercurio. Los griegos lo tenían como báculo heráldico, representado por una caña entrelazada con hilos de lana; en la edad media fue un bastón cubierto de terciopelo flordelisado y así fue cambiando según la época histórica. Este caduceo fue el de Hermes o Mercurio, que seguía el tipo caldeo y fenicio.
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El caduceo de Mercurio se comenzó a usar como emblema de la Medicina cuando el aristócrata Sir William Butts, médico del rey Enrique VII de Inglaterra lo puso en su escudo nobiliario; 3 siglos después, la casa editorial de libros médicos JSM Churchill lo usó como distintivo. En 1856, el Servicio del Hospital de Marina de los Estados Unidos pensó que el caduceo sería un buen distintivo para significar el carácter "no combatiente" de la clase médica. Hay muchos países aún, cuyas instituciones de salud usan como distintivo el caduceo de Mercurio.
CONCLUSIÓN. - Ambos pueden ser utilizados como símbolos de la medicina, pero debemos precisar que el de Asclepio o Vara de Esculapio, es el símbolo ortodoxo, y que el caduceo de dos serpientes, es paradójicamente el más utilizado y más conocido universalmente. La diferencia es que la Vara de Esculapio siempre fue el signo de la medicina, mientras que el de Hermes (el de las 2 serpientes) fue utilizado erróneamente. Sin embargo, en 1902 el caduceo fue tomado oficialmente como símbolo del cuerpo médico del ejército de los Estados Unidos y a partir de ahí, su uso empezó a expandirse internacionalmente, hasta convertirse hoy en día en el símbolo más utilizado y más conocido. Por esta razón es que es perfectamente lícito el uso de cualquiera de los dos símbolos.
La razón por la que Susmedicos.com optó finalmente por el caduceo, es en primer lugar porque es el símbolo más utilizado y más conocido en todo el mundo; en segundo lugar porque en 1902 fue oficialmente adoptado como un segundo símbolo de la medicina; y en tercer lugar porque para nuestro nuevo diseño, se adapta mejor el Caduceo que el Esculapio.
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BIBLIOGRAFÍA
http://bvs.sld.cu/revistas/his/cua_87/cua0487.htm
- Diccionario de la Lengua Española y de Nombres Propios. Océano Pacífico.
- Gran Enciclopedia Universal Ilustrada, No. 34, Editores S.A, España, Barcelona, 1970.
- Gran Enciclopedia del Mundo, Colectivo de Autores, No. 4, Editorial Marín S.A, España, 1972.
- Diccionario Enciclopédico Salvat Universal Tomo 5, Salvat Editores S.A, Barcelona, España, 1970
- Enciclopédico Salvat de Ciencias Médicas, Tomo 1, Salvat Editores S.A, Barcelona-Madrid, 1959
- Enciclopedia Universal Ilustrada, Europeo-Americana, Tomo 10, José Espasa e hijos Editores Barcelona, 1925.
- Rev Cubana MGI 1997: 13 (4)
- Rev Cubana MGI: 14 (3)
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